He pasado el último puente de diciembre en Nueva York. Lo que se respira en el ambiente, a pesar de la situación que vivimos, es la sensación de que “todo es posible”. Se pueden hacer cosas, puedes hacer que pasen cosas. Sólo tienes que mirar a tu alrededor. Ambicionar y conseguirlo es algo natural y que es no sólo lícito sino que está moralmente bien.
Aquí parece que nos ponemos trabas. No podemos ser ostentosos, tenemos que ser discretos. Tenemos una relación extraña con el éxito, y con el dinero, que parece que debemos esconderlo o incluso sentirnos culpables por tenerlo (herencia católica). Construir el segundo edificio más alto de Nueva York y ponerle tu nombre (Rockefeller Center) aquí se consideraría una obscenidad.
Los perfiles de éxito conocidos o que se dejan conocer en España son pocos y eso tampoco contribuye a crear un ambiente como el que he vivido estos días.